SIETE Dioptrías

Geografía de un adiós

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Por qué nunca hablo de ello. Es cierto, no hablo de ello. A lo sumo discuto conmigo misma y me lanzo en voz bajita algún improperio. Tienen mala fama los adioses, como los domigos, puesto que de alguna manera es el anticipo de borrar algo que ya ha pasado y todos andamos siempre a la zaga del tiempo perdido, diría Proust. Para lo optimistas los adioses tienen algo magnífico, sólo después de un adiós hay algo nuevo, suelen decir. Y además apostillan: Adiós, yo no tuve la culpa y no es mi problema y ahora me voy a pasear por mi camino de baldosas amarillas. Los adioses encubiertos o los hasta la vista, por el contrario, suelen ser algo perjudiciales. A uno se le queda un sabor amargo cuando los pronuncia. ¿Hasta la vista? ¿Y si no me ves y no regreso nunca?

No hay peor combinación que los hasta la vista aderezados con algo de incertidumbre. Sorprendido o no, uno sabe que un hasta la vista equivale a irse de vacaciones al triángulo de las Bermudas, de ahí nadie regresa. Podría decirse -aunque sabios y doctores no se hayan molestado en comprobarlo científicamente- que uno se queda afónico si pronuncia excesivamente un hasta mañana. Si la suma se eleva a dos, podríamos quedarnos mudos. Y pasó un ángel y otro, y luego se chocaron y se hizo el silencio.

Mi primer adiós nació algo huérfano en una tarde de verano. Los espectadores se habían marchado ya y no me quedó otro remedio que decir adiós a un par de desconocidos que decían adiós como podían pedir un café. Con leche fria, por favor. Uno no puede quedarse con un adiós atragantado. Desde ese día algunos me concedieron sutilmente el sobrenombre de la loca del adiós. Sin duda alguna, ese adiós huérfano me dio posteriormente muchos dolores de cabeza. Saber decir adiós es como andar en bicicleta, es mejor que no te precipites y que no te quiten los ruedines o terminarás diciendo adioses confusos, adiositos a lo mucho. Le continúa un adiós nauseabundo. No sé si decir adiós o vomitar. Adioses infinitos que parecen no tener fin. Decidía el día del adiós, pero luego no salía. El adiós enredado. A la cuarta intentona me lié la manta a la cabeza y pasé una carta por debajo de la puerta: Ya está bien, ¿eh? Adiós. Le siguió un adiós deseado. Un adiós que nació al tiempo del hola. Me consolaba soñando en aquel momento, me imaginaba pronunciando con perfecta dicción un adiós rotundo, sin despecho, un adiós seco, como acariciar la espalda de alguien con una chapa. Ensayé mucho ese adiós mientras aquel tipo seguía lamiendo los vasos de los yogures. Aburridas tardes de adioses.

Vino después el adiós somnoliento. Apenas logro recordar nada de aquellos días, quizá una punzadita a la altura del estómago, aunque podría ser una incipiente úlcera y no hubo, en realidad, adiós de madrugada. Ese adiós coincidió con el adiós de Salvador Puig Antich. Fue, en definitiva, un adiós congestionado. Le siguió el adiós dramático, de esos que uno no quisiera tener que decir. Esos adioses te ayudan a madurar, o maduras o te pudres. Adiós, adiós, adiós. Una lástima de adiós, un adiós lleno de lágrimas, un adiós que no se olvida porque hace daño. Un adiós que siempre sonó como un si tienes que irte, vete, pero no tardes en regresar. Un adiós, al fin y a la postre, como Dios manda.

Tocó después el adiós por principios. Adiós sibilino. Curioso adiós que en el fondo es un hola, sigo vivo. Pueden ser peligrosos estos adioses porque con el tiempo uno pierde de vista sus ideales, los vende, los cambia por algo más útil. Llámalo una hipoteca y dos hijos tarados. Entonces puede darse el caso de que el adiós por principios se convierta en el adiós suicida. Adiós, mundo cruel. A veces, las pocas, llega por la vereda de atrás el adiós de tenía la razón, jódete. No es muy práctico pero da mucho gusto. Es un adiós confuso, quizá perteneciente al adiós suicida, nunca al adiós dramático, que con el tiempo se desnuda para enseñarte que tenías que haber sido más rápido en decir adiós. Adiós a toda leche, adiós sin respirar, adiós que me da mucho asco.

A veces hago un repaso por mi geografía de adioses. Va cambiando con el tiempo. Suelen padecer de alopecia y no son tan suaves como uno los recuerda. Sucede un poco como los jerseys de angora, durante un tiempo abrigan pero de tantas lavaduras se van haciendo pequeños y al final no sirven ni de trapos, digo, de paños de lágrimas. Alguien dijo que adiós es una palabra fea, pero debía ser alguien cobarde. Hay que ser valiente para decir adiós. La ausencia de valentía hace que a veces se busquen subterfugios al adiós. También conocido como el adiós con la boca pequeña o el no te mato, mejor dejo que explote. Ese adiós encubierto de toda la vida, un clásico hecho canción que Leonard Cohen convirtió en el éxito Hey, that’s no way to say goodbye. Existen todos los adioses que uno pueda imaginarse. Existen tantos adioses como personas en el mundo, contabilizando, incluso, a todos aquellos que dijeron su último adiós. Adioses hermosos, adioses con algo de nostalgia: Siempre nos quedará París. Adioses agudos, la despedida es un dolor tan dulce. Adioses que os gustarían que fuesen un amargo hasta mañana y adioses de espanto. Oh, sí, hay adioses de espanto. Simplemente, adiós.

4 Puntos de vista

    Qué contenta estoy.

  • pero qué orgullosa me tienes
    eres una artista
    te quiero pero esto no es amor de hermana

  • Como por la boca muere el pez, un adiós en silencio vale mas que mil palabras.

    Buen trabajo.

  • Impresionante. Yo que me contentaba con la editorial de Alfredo Relaño en el AS…

OTROS PUNTOS DE VISTA