Siete dioptrías

Busco en el diccionario la palabra espuria. Sabes que mis intenciones son espurias. Paso torpemente las páginas -que desprenden ese olor a catecismo de seminario- para imaginarme un significado al azar, pero esta imaginación enferma que devora mi sentido común hace que piense en mi mano cubierta de sangre, cortada por una página llena de palabras. Dos acepciones truncan mi significado ideal: bastardo (‖ que degenera de su origen o naturaleza). Falso (‖ engañoso). A lo mejor hubiese sido preferible no saber el significado, a veces es mucho mejor inventarse uno que aceptar la realidad. A lo mejor hubiese sido más correcto desangrarse sobre el diccionario.
Hay que tener cuidado con las palabras, las palabras espinosas suelen ir cargadas de polen. Algo así podría acarrear la muerte a una alérgica crónica como yo. Hace tiempo que las palabras han dejado de tener un valor concreto para mi. De hecho, hace tiempo que no logro recordar en qué preciso momento las palabras dejaron de ser reales. Ahora todo se desvanece sin un significado exacto. Puede que sea porque cada vez cargo más primaveras en el bolso o porque mi cubata está cada vez más cargado. El tiempo, el muy malnacido, hace que las certezas desaparezcan. Es parte de esa realidad esquiva de la que te he hablado. Ella no tiene corazón, no me deja catalogar el mundo en negro ni en blanco. Se desnuda, como si fuese una prostituta en el barrio rojo, en un abanico infinito de tonalidades grisáceas. Casi blanco, podría ser negro total.
Me tumbo y recuerdo la rabia que te daba que te dijese que eras negra. “¡No soy negra, soy blanca! ¿De dónde has sacado semejante cosa? Te ríes de la situación, pero eso es porque no has sentido el racismo en tu piel”. Puede que tengas razón, que necesite graduarme la vista. A falta de que vaya al médico seguiré poniéndome mis gafas verdes, esas que hacen que todo sea del color que yo he elegido. Puede que un día acuda finalmente al oculista porque me gustaría verlo también a través de tus ojos de pez. Ahora no puedo. Me tengo que conformar con verlo a través de los mios, azules también, algo más oscuros y perdidos.
¡Qué sensación tan extraña he notado cuando he visto esa ilustración! Esa mano que busca, que va atrapar el diccionario, podría ser la mía. Podría estar también en esa habitación que se va oscureciendo al tiempo que se va descubriendo la verdad.
¡Enhorabuena!