SIETE Dioptrías

Amor tóxico

AMORTOXICO

Será lento y perezoso al principio, pero la velocidad irá aumentando y comenzaré a sentirme mareada. Ya conozco cómo va esto. Meto la cabeza entre las piernas e intento no pensar que está empezando a ocurrir de nuevo, en el peor momento, justo cuando no puedo salir de esta sala llena de gente, de ruido, de voces grotescas que me hablan en un idioma que no llego a entender. Intento pensar friamente. De antemano sé que tardaré un tiempo en volver a sentir que las cosas están en su sitio, así que busco algo con que entretenerme mientras controlo mi respiración. Se pasará, tranquila, respira. Intenta calmarte. Exhala e inhala, exhala e inhala, exhala e inhala. No quiero perder el ritmo. Comienza la sudoración, el pulso frenético. A mi alrededor todo se está ensombreciendo. Escondo, para que no vean los demás, mis manos que tiemblan sin que yo pueda hacer nada por detenerlas. Quiero relajarme, sé que algo vendrá para salvarme, algo tiene que pasar para que todo lo que hay a mi alrededor deje de moverse de esta forma siniestra.

No es la primera vez que ocurre, por eso sé que tengo que mantener la cabeza fría, no dejaré que me arrastre. No tengo que perder el tiempo en pensar por qué, sé la respuesta. La supe desde el principio. Aquel coqueteo… Primero los sábados, a escondidas, ¿Recuerdas? Luego la situación empezó a descontrolarse, los lunes no funcionaba en el trabajo si no podía estar contigo y terminé por no poder pasar ni un sólo día lejos de ti. Tenía que terminar de esta forma. Estaba cantado que el final sería triste y tendría que pagar por ello.

Cuando estábamos juntos sabía que estaba mal, claro, ni uno sólo de los minutos que pasamos juntos fue inocente y yo sentía la culpabilidad hecha una bola dentro de mi estómago cada vez que te tocaba con mis dedos nerviosos, siempre impacientes por tenerte cerca. También me lo advirtió mamá, constantemente. Mis amigos no te querían cerca, pero nada podía convencerme de que dejarte era un buena idea. No sé qué demonios pensaba. Bueno, claro que lo sé, por aquel entonces no me importaba, me creía fuerte y joven para irme en cuanto quisiese, sin pedirte permiso. Insensata, ahora tengo que pagar por ello. Los excesos siempre se terminan pagando de alguna forma ¿Lo ves? Los mios hacen que ahora arrastre una maleta llena de ansiedad y guarde en el bolso algo de arrepentimiento, hacen que no pueda mirarme al espejo sin sentirme insegura. Sigues haciéndome llorar. A veces odio tener la certeza de que haga lo que haga no voy a poder sustituirte, que busque lo que busque para llenar el espacio que has dejado nada me satisface como tú. Es horrible tener que aceptar que ya nada será igual nunca. No quiero ser una paralítica emocional, me resisto a pensarme así.

Dejé que te hicieras indispensable. Comparti demasiados años a tu lado, demasiadas confesiones. Eras tú y mi furia. Tú y mi miedo. Tú y mis tardes de risa. Tú y mi primer novio. Tú y las noches en las que no podía dormir. Tú y el primer día en la univerdad. Tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú… tú en lo bueno, pero sobre todo en lo malo. Dios, creo que por eso te echo tanto de menos, amor. Aunque nunca haya sido verdad siempre he querido creer que tú me hacías más yo. No puedo volver atrás. Ya no. No insistas. No podría volver a separarme de ti y sabes a donde me llevaría eso. Hay demasiadas posibilidades de que todo terminara en un final doloroso. No puedo arriesgarme.

- ¿No tienes nada que decirme? ¿Guardas silencio? Te consumes como si nada de esto tuviese que ver contigo. Y tú, querido, eres la mitad ejecutora de este amor tóxico.

Sé que no lo entiendes, pero la última vez que estuve contigo supe que ya no habría más. No sé explicarte por qué, ni siquiera yo me lo creía. Los dos sabemos que no tengo voluntad, que ya lo había intentado otras muchas veces, pero cuando tus otros 19 hermanos se fueron y te quedaste esperándome, supe que esto había terminado. Ahora siento no haber disfrutado más de ti, no haberme encerrado contigo en una habitación sin ventanas para que al menos mi ropa quedase empapada en tu olor. Nunca pensé que costaría tanto, debí respirarte mejor. Malgasté los últimos minutos que me diste, sólo con tres caladas te estrellé contra el cenicero y ahora… joder… ahora ya no dejaré que vuelvas más. No tengo ganas de seguir igual.

Poco a poco la sangre deja de palpitar en mis sienes. Los escalofríos van desapareciendo, en apenas unos minutos nada de esto habrá pasado. Todo volverá a una aparente tranquilidad. He vuelto a conseguirlo.

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