Una última predicción

Cuando Linda Sánchez Rasín anunció en mi horóscopo que mi vida se enfrentaría ese día a grandes cambios no esperaba que la tierra se resquebrajase en mil pedazos bajo mis pies. Lo que tu digas, Lin. Con normalidad presioné el botón derecho de mi ratón y borré, como tenía por costumbre, el email. A Linda y a mi nos había reunido el destino. Conocí su revista, por casualidad, un día en el que buscaba cierta información para cerrar mi crónica desde El Líbano. Lo cierto es que yo nunca había pisado el Líbano, claro, y tampoco es que creyese mucho en la astrología, pero cuando encontré su nombre escrito bajo un fondo amarillo chillón en Comic Sans pensé que alguien que se llamaba Linda y tenía tan mal gusto, merecía por lo menos un suscriptor.
Desde entonces puntualmente leía atentamente su predicción a la que generalmente le pasaba como a los menús escolares, se repetía. Los lunes el futuro parecía prometedor, pero según avanzaban los días los augurios se oscurecían hasta alcanzar la categoría de paranoia. “Hazte con un disfraz de Erizo y esquiva hasta nueva orden a los cojos que lleven puesta una camisa de satén roja”. “Hoy te llamarán al trabajo y te preguntarán si están hablando con la huevería de Fulgencio. No les des pistas, es una trampa”. A veces nada parecía tener sentido, incluso llegué a preguntarme si la peor bruja que había conocido hasta el momento escribía su predicción bajo los efectos de peyote. Sin embargo, quizá de rebote o porque había sacado brillo a su bola de cristal, aquel día Linda acertó de lleno. Serían las tres de la tarde cuando la tierra empezó a crujir. Al principio de una forma epidérmica y rítmica, hasta convertirse en un gruñido brutal y hondo según avanzaban los minutos. El mobiliario, las expresiones de la gente y los caganets que decoraban mi escritorio se movían en stop motion. Lento, tardé en darme cuenta que si no me resguardaba moriría aplastado por el falso techo que caía a pedazos ante mis ojos, mientras veía como mis compañeros de oficina buscaban asilo y auxilio de un lado a otro, desacompasando el ritmo de Junk. No fue casualidad, ni tan siquiera un mensaje del destino, que el terremoto que asoló la ciudad en 2008 naciese al ritmo de una de esas canciones de los Beatles que nadie reconoce. Tenía más que ver con la manía que Carlota -que se sentaba un par de mesas más adelante- tenía de poner siempre a la misma hora del día, la misma canción, del mismo grupo, a toda pastilla y para desesperación de todos.
La tierra se tragó todo lo que pudo durante dos minutos y veintidós segundos. Después, sólo quedó desolación. Decidí permanecer en las ruinas del edificio hasta que las autoridades pudiesen acercarse para ver qué había sido de mi. En aquellos momentos todo me resultaba aterrador y sólo era capaz de imaginarse una ciudad, llena de extraños, convertida en un hervidero de delincuencia y fuegos fatuos que salían de violentas tuberías de gas destrozadas. Lo decidí junto a otros supervivientes, aplicando la Ley del más tonto. Una cosa estaba clara: No saldríamos al exterior hasta que tuviésemos la certeza de que fuera todo estaba bajo control.
Planeamos una estricta dieta a base de gominolas y latas de mejillones. Afortunadamente los vending habían salido ilesos en el terremoto. Vivíamos como podíamos, autoconvenciéndonos de que dentro de aquel desierto de chatarra y silencio estábamos, por lo menos seguros. Marga, que ya rozaba los 64 años y que siempre se había ocupado de las necrológicas, fue la primera en desquiciarse. Algo dejó de funcionarle en la cabeza, su materia gris se encharcó, creo. A los pocos días, la mujer a la que había visto hacerse vieja escribiendo obituarios y que tenía el pelo de un desconcertante tono berenjena, aseguraba que el Director acudía todas las noches a verla para echarla en cara que no hacía bien su trabajo y que para arreglar su falta de productividad tendría que ocuparse de las esquelas de toda la ciudad, puesto que todos habríamos de estar muertos. Muertos en vida, repetía siempre Marga. A veces como un tantra, otras comentándole lo mucho que le molestaba esa acusación al ficus que yacía a la entrada de la redacción. Así, desde primera hora de la mañana y hasta que caía agotada sobre su cama de baldosas, Marga dibujaba sus recordatorios fúnebres (con un permanente negro y con un marco de cinco puntos de grosor) en las paredes que quedaban en pie. Pronto todo lo que nos rodeaba era una enorme página ficticia cuajada de esquelas. Fue cuando Marga dejó de hablar con el ficus cuando yo empecé a perder la esperanza de que alguien viniese a buscarnos. En realidad, hasta ese momento, nunca había tenido la necesidad de pararme a pensar en ello, pero al tiempo que los delirios de Marga fueron apagándose, empecé a pensar que ella no acudiría, como otra veces, a salvarme del desastre. A partir de ese momento fue imposible quitármela de la cabeza. Me imaginaba que Ruth llegaba con una enorme bolsa de deportes llena de croissants. Permanecía en el umbral de la puerta, sonriéndome, con un carro de la compra rebosante de montañas de latas de foie y con un tándem que nos permitiría escapar, dejar las ruinas atrás. A veces su imagen era tan real que no necesitaba recurrir a los mejillones para sentirme saciado. Ruth, a la que a veces llamaba Ángela, había entrado en mi vida porque me había empeñado. Y salió de mi vida unos años después sin hacer ruido, un día que llovía a mares y que sus ojos buscaban perdidos mis pupilas, para hallar en ellas un resquicio de ilusión. Buscaba algo que la detuviese, pero no hubo piedad y la perdí, como decían en esa película futurista, como lágrimas bajo la lluvia, sin darme cuenta. Y era ahora, cuando la vieja compañía de una loca delirante estaba a punto de faltarme, cuando caía en lo mucho que había echado de menos a Ruth. Ruth y su sonrisa grapada. Ruth y las ganas de largarme con ella al fin del mundo. Ahora que todo empezaba a teñirse de color crepuscular, que venían los recuerdos con prisa y una oscura tos tuberculosa me acusaba, me daba cuenta de lo gris que había permanecido mi vida lejos de ella y el espacio que había dejado. Un espacio que no tenía con qué llenar.
Lento siempre por exceso, pasaron muchos meses antes de que me diese cuenta de lo que tenía que hacer. Tomé a Marga entre mis brazos, emulando ser un caballero, y la expliqué que tenía que partir, que no podía quedarme sin hacer nada, dejándonos morir poco a poco por nuestros recuerdos. -Sí, querido, has de hacerlo, parte. Pronto haré tu esquela. Descansa en paz-, dijo al tiempo que dibujaba a la perfección una cruz en la última esquela que había dibujado en el lavabo. Del resto no me despedí, aunque tomé cuidado de que alguien se quedase a cargo de Marga. Y puede que nadie me lo eche en cara, pero hoy me arrepiento de haberla dejado en esa casa rota, vacía de esperanzas. Pobre Marga.
Partí con la imagen de Ruth. Ruth y su mirada pizpireta. Ruth y los besos bajo el agua. Tomé una pocas provisiones y decidí partir para enfrentarme con mis circunstancias. Sin saber el futuro que me esperaba escapé de aquella oficina con el alma prieta y con una última noticia preparada en las linotipias por si, fuera, el mundo que me esperaba no lo hacía con los brazos abiertos. Quise despedirme con algo que, como siempre, llegué a entender tarde, con años de retraso.
A Linda.
Hay indicios de esperanza en el horizonte. Sin embargo no estás seguro de cuánto confiar en ellos. ¿Qué pasaría si fueran imágenes trucadas por un clima confuso e intensificadas por tu deseo de progresar? Si sales de la trinchera que has cavado por seguridad, podrías hacerte vulnerable. Pero no puedes esperar ver algo con claridad si apagas la luz. Da un paso atrevido en la dirección de las personas que quieres porque podría ser que un día, cuando estés solo, te des cuenta de que has perdido a la gente que merece la pena. Asume que si algo parece bueno, es bueno. No lamentarás esta política. Volveremos a pasear en tándem y a tomar sandwiches de foie a la orilla del mar.