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	<title>SIETE Dioptrías</title>
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		<title>Lucha en silencio</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Aug 2010 17:27:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[COMÚN Y MORTAL]]></category>

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		<description><![CDATA[
Cuando venga el silencio le diremos que se ha equivocado, que le dieron mal las señas en correos, que no somos nosotros a quien busca. Cuando venga el silencio nos pondremos unos bigotes de pega y saldremos corriendo hacia cualquier otra parte, lejos, donde las brújulas no funcionen y los mapas estén hechos de servilletas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><img class="size-full wp-image-4 alignnone" title="silencio" src="http://www.sietedioptrias.es/wordpress/wp-content/uploads/2010/08/SILENCIO.jpg" alt="silencio" width="500" height="707" /></p>
<p style="text-align: left;">Cuando venga el silencio le diremos que se ha equivocado, que le dieron mal las señas en correos, que no somos nosotros a quien busca. Cuando venga el silencio nos pondremos unos bigotes de pega y saldremos corriendo hacia cualquier otra parte, lejos, donde las brújulas no funcionen y los mapas estén hechos de servilletas de papel. Y nos tumbaremos y hablaremos por los codos, las rodillas y los dedos de los pies. Gritaremos que aún tenemos mucho que decir, que acabamos de conocernos, que nuestras palabras toman anabolizantes, que son más fuertes que él. Le diremos que no nos gusta If it be your will, que somos más de The Partisan.</p>
<p style="text-align: left;">No escucharemos lo que tenga que decir porque no nos importa, porque no estudiamos su idioma.</p>
<p style="text-align: left;">Y mandaremos al silencio a un viaje espacial en el Challenger, sin billete de retorno. Y si se pone chulo le pegaremos una patada en la espinilla y le morderemos la nariz hasta que pida clemencia y diga: BASTA, BASTA, BASTA, BASTA. Y se rinda y saque la bandera blanca. Cuando el silencio ya sea chiquitito le guardaremos en un saco y le enviaremos a vivir a las costuras de un sofá en Siberia. Romperemos el silencio con miradas y susurros, al principio, y con largas conversaciones sobre nada importante más tarde. Le cambiaremos las preguntas. Le responderemos con frases hechas.</p>
<p style="text-align: left;">Que el silencio se lleve de vueltas las lágrimas que hacen carreras por la mejilla y las palabras que desaparecen en el vaho del cristal del autobús.</p>
<p style="text-align: left;">Dejaremos que el silencio consuma el anestésico contra le pena y la tortilla de Lexatín. Que se ponga él, el corrector de ojeras. Que se muerda él la lengua cuando esté delante de nosotros. Que no pasa nada, que no tenemos miedo, ni ansiedad, ni estamos perdidos, ni cansados. Que nosotros sabemos decir lo que somos. Que se vaya con sus escenas lejos, que no tenemos tiempo que perder con él.  Que ya hemos tocado fondo, que vamos a mejorar. Que somos invencibles, que sabemos lo que va a pasar, que volverán los buenos días y que él no tiene invitación.</p>
<p style="text-align: left;">Cuando venga el silencio le diremos que se ha equivocado, que no estamos hechos para los momentos fáciles.</p>
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		<title>Una última predicción</title>
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		<pubDate>Wed, 05 May 2010 21:47:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[COMÚN Y MORTAL]]></category>

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		<description><![CDATA[
Cuando Linda Sánchez Rasín anunció en mi horóscopo que mi vida se enfrentaría ese día a grandes cambios no esperaba que la tierra se resquebrajase en mil pedazos bajo mis pies. Lo que tu digas, Lin. Con normalidad presioné el botón derecho de mi ratón y borré, como tenía por costumbre, el email. A Linda [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><img class="size-full wp-image-4 alignnone" title="unaultimaprediccion" src="http://www.sietedioptrias.es/wordpress/wp-content/uploads/2010/05/unaultimaprediccion.jpg" alt="unaultimaprediccion" width="500" height="707" /></p>
<p style="text-align: left;">Cuando Linda Sánchez Rasín anunció en mi horóscopo que mi vida se enfrentaría ese día a grandes cambios no esperaba que la tierra se resquebrajase en mil pedazos bajo mis pies. Lo que tu digas, Lin. Con normalidad presioné el botón derecho de mi ratón y borré, como tenía por costumbre, el email. A Linda y a mi nos había reunido el destino. Conocí su revista, por casualidad, un día en el que buscaba cierta información para cerrar mi crónica desde El Líbano. Lo cierto es que yo nunca había pisado el Líbano, claro, y tampoco es que creyese mucho en la astrología, pero cuando encontré su nombre escrito bajo un fondo amarillo chillón en Comic Sans pensé que alguien que se llamaba Linda y tenía tan mal gusto, merecía por lo menos un suscriptor.</p>
<p style="text-align: left;">Desde entonces puntualmente leía atentamente su predicción a la que generalmente le pasaba como a los menús escolares, se repetía. Los lunes el futuro parecía prometedor, pero según avanzaban los días los augurios se oscurecían hasta alcanzar la categoría de paranoia. “Hazte con un disfraz de Erizo y esquiva hasta nueva orden a los cojos que lleven puesta una camisa de satén roja”. “Hoy te llamarán al trabajo y te preguntarán si están hablando con la huevería de Fulgencio. No les des pistas, es una trampa”. A veces nada parecía tener sentido, incluso llegué a preguntarme si la peor bruja que había conocido hasta el momento escribía su predicción bajo los efectos de peyote. Sin embargo, quizá de rebote o porque había sacado brillo a su bola de cristal, aquel día Linda acertó de lleno. Serían las tres de la tarde cuando la tierra empezó a crujir. Al principio de una forma epidérmica y rítmica, hasta convertirse en un gruñido brutal y hondo según avanzaban los minutos. El mobiliario, las expresiones de la gente y los caganets que decoraban mi escritorio se movían en stop motion. Lento, tardé en darme cuenta que si no me resguardaba moriría aplastado por el falso techo que caía a pedazos ante mis ojos, mientras veía como mis compañeros de oficina buscaban asilo y auxilio de un lado a otro, desacompasando el ritmo de Junk. No fue casualidad, ni tan siquiera un mensaje del destino, que el terremoto que asoló la ciudad en 2008 naciese al ritmo de una de esas canciones de los Beatles que nadie reconoce. Tenía más que ver con la manía que Carlota -que se sentaba un par de mesas más adelante-  tenía de poner siempre a la misma hora del día, la misma canción, del mismo grupo, a toda pastilla y para desesperación de todos.</p>
<p style="text-align: left;">La tierra se tragó todo lo que pudo durante dos minutos y veintidós segundos. Después, sólo quedó desolación. Decidí permanecer en las ruinas del edificio hasta que las autoridades pudiesen acercarse para ver qué había sido de mi. En aquellos momentos todo me resultaba aterrador y sólo era capaz de imaginarse una ciudad, llena de extraños,  convertida en un hervidero de delincuencia y fuegos fatuos que salían de violentas tuberías de gas destrozadas. Lo decidí junto a otros supervivientes, aplicando la Ley del más tonto. Una cosa estaba clara: No saldríamos al exterior hasta que tuviésemos la certeza de que fuera todo estaba bajo control.<br />
Planeamos una estricta dieta a base de gominolas y latas de mejillones. Afortunadamente los vending habían salido ilesos en el terremoto. Vivíamos como podíamos, autoconvenciéndonos de que dentro de aquel desierto de chatarra y silencio estábamos, por lo menos seguros. Marga, que ya rozaba los 64 años y que siempre se había ocupado de las necrológicas, fue la primera en desquiciarse. Algo dejó de funcionarle en la cabeza, su materia gris se encharcó, creo. A los pocos días, la mujer a la que había visto hacerse vieja escribiendo obituarios y que tenía el pelo de un desconcertante tono berenjena, aseguraba que el Director acudía todas las noches a verla para echarla en cara que no hacía bien su trabajo y que para arreglar su falta de productividad tendría que ocuparse de las esquelas de toda la ciudad, puesto que todos habríamos de estar muertos. Muertos en vida, repetía siempre Marga. A veces como un tantra, otras comentándole lo mucho que le molestaba esa acusación al ficus que yacía a la entrada de la redacción. Así, desde primera hora de la mañana y hasta que caía agotada sobre su cama de baldosas, Marga dibujaba sus recordatorios fúnebres  (con un permanente negro y con un marco de cinco puntos de grosor) en las paredes que quedaban en pie. Pronto todo lo que nos rodeaba era una enorme página ficticia cuajada de esquelas. Fue cuando Marga dejó de hablar con el ficus cuando yo empecé a perder la esperanza de que alguien viniese a buscarnos. En realidad, hasta ese momento, nunca había tenido la necesidad de pararme a pensar en ello, pero al tiempo que los delirios de Marga fueron apagándose, empecé a pensar que ella no acudiría, como otra veces, a salvarme del desastre. A partir de ese momento fue imposible quitármela de la cabeza. Me imaginaba que Ruth llegaba con una enorme bolsa de deportes llena de croissants. Permanecía en el umbral de la puerta, sonriéndome, con un carro de la compra rebosante de montañas de latas de foie y con un tándem que nos permitiría escapar, dejar las ruinas atrás. A veces su imagen era tan real que no necesitaba recurrir a los mejillones para sentirme saciado. Ruth, a la que a veces llamaba Ángela, había entrado en mi vida porque me había empeñado. Y salió de mi vida unos años después sin hacer ruido, un día que llovía a mares y que sus ojos buscaban perdidos mis pupilas, para hallar en ellas un resquicio de ilusión. Buscaba algo que la detuviese, pero no hubo piedad y la perdí, como decían en esa película futurista, como lágrimas bajo la lluvia, sin darme cuenta. Y era ahora, cuando la vieja compañía de una loca delirante estaba a punto de faltarme, cuando caía en lo mucho que había echado de menos a Ruth. Ruth y su sonrisa grapada. Ruth y las ganas de largarme con ella al fin del mundo. Ahora que todo empezaba a teñirse de color crepuscular, que venían los recuerdos con prisa y una oscura tos tuberculosa me acusaba, me daba cuenta de lo gris que había permanecido mi vida lejos de ella y el espacio que había dejado. Un espacio que no tenía con qué llenar.<br />
Lento siempre por exceso, pasaron muchos meses antes de que me diese cuenta de lo que tenía que hacer. Tomé a Marga entre mis brazos, emulando ser un caballero, y la expliqué que tenía que partir, que no podía quedarme sin hacer nada, dejándonos morir poco a poco por nuestros recuerdos. -Sí, querido, has de hacerlo, parte. Pronto haré tu esquela. Descansa en paz-, dijo al tiempo que dibujaba a la perfección una cruz en la última esquela que había dibujado en el lavabo. Del resto no me despedí, aunque tomé cuidado de que alguien se quedase a cargo de Marga. Y puede que nadie me lo eche en cara, pero hoy me arrepiento de haberla dejado en esa casa rota, vacía de esperanzas. Pobre Marga.</p>
<p style="text-align: left;">Partí con la imagen de Ruth. Ruth y su mirada pizpireta. Ruth y los besos bajo el agua.  Tomé una pocas provisiones y decidí partir para enfrentarme con mis circunstancias. Sin saber el futuro que me esperaba escapé de aquella oficina con el alma prieta y con una última noticia preparada en las linotipias por si, fuera, el mundo que me esperaba no lo hacía con los brazos abiertos. Quise despedirme con algo que, como siempre, llegué a entender tarde, con años de retraso.</p>
<p style="text-align: left;">A Linda.</p>
<p style="text-align: left;">Hay indicios de esperanza en el horizonte. Sin embargo no estás seguro de cuánto confiar en ellos. ¿Qué pasaría si fueran imágenes trucadas por un clima confuso e intensificadas por tu deseo de progresar? Si sales de la trinchera que has cavado por seguridad, podrías hacerte vulnerable. Pero no puedes esperar ver algo con claridad si apagas la luz. Da un paso atrevido en la dirección de las personas que quieres porque podría ser que un día, cuando estés solo, te des cuenta de que has perdido a la gente que merece la pena. Asume que si algo parece bueno, es bueno. No lamentarás esta política. Volveremos a pasear en tándem y a tomar sandwiches de foie a la orilla del mar.</p>
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		<title>Palabras para acabar con una megalomaniaca</title>
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		<pubDate>Mon, 16 Nov 2009 00:06:25 +0000</pubDate>
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¿No pensabas que fuese a pasar, verdad? Claro, estabas mal acostumbrada. Las esperanzas no son como los ositos de gominola. No. Se rompen, se ensucian, se pudren, igual que los peces se mueren. Se arreglan una, dos, tres, cuatro… Vale, ocho si me apuras, hasta que un día te levantas con ganas de vomitar y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><img class="size-full wp-image-4 alignnone" title="PALABRAS copy" src="http://www.sietedioptrias.es/wordpress/wp-content/uploads/2009/11/PALABRAS-copy1.jpg" alt="PALABRAS copy" width="500" height="707" /></p>
<p>¿No pensabas que fuese a pasar, verdad? Claro, estabas mal acostumbrada. Las esperanzas no son como los ositos de gominola. No. Se rompen, se ensucian, se pudren, igual que los peces se mueren. Se arreglan una, dos, tres, cuatro… Vale, ocho si me apuras, hasta que un día te levantas con ganas de vomitar y vomitas. ¿Has intentado desaparecer? ¿Has deseado que la gente te dejase tranquila por un minuto? ¿Has buscado la soledad sumergiéndote en el agua y sólo has conseguido una otitis? Ese es el vacío, el vacío que un día llega, se instala en el estómago y en la retina y ya nada vuelve. No como antes. No como quisieras. Es imposible que el mundo sea rosa. Era solo un decorado y la pintura descascarillada muestra el fondo, gris oscuro. Y ya no puedes creer más. </p>
<p>¿El negro es la ausencia de luz o una luz cegadora?  </p>
<p>Tú, que estuviste escuchando, aunque no querías escuchar. Tú, que esperabas un cambio, que veías lo que por seguro nadie más volverá a ver. Tú, que pensabas que las cosas aún podían salir adelante, que ocurriría algo que cambiaría la realidad por una bonita ficción, que cubrirías con paciencia, con mimos, con besos en la frente. Tú, que mantenías largas conversaciones en silencio, que callabas lo que creías que tenías que callar, que hablabas cuando creías que había que escuchar. Tú, que soñaste la cercanía, la imaginaste, la viviste, la hiciste tuya, llegaste a tocarla con las pestañas. </p>
<p>¿Cuántas palabras para esta nada?</p>
<p>A duras penas puedes sobrevivir a ti misma. Extraña, descolorida, desconocida. Tú, que tenías calculado sólo un susurro. Tú, que habías preparado todo un camino de sonrisas para cada día. Tú, que pones alma en las cosas vulgares. Tú, que tenías un objetivo. Tú, que sabías que tendrías mucho que trabajar para conseguirlo. Tú, que te has caído ya tantas veces, que te levantarás otras tantas. Tú, que pensaste que tenías tiempo. Mucho tiempo. ¿Lo has dicho ya? Dilo. Dilo porque igual mañana no tienes tiempo. Os quiero. ¿Y ahora? Ahora la nada. Cierran las puertas, las ventanas, el aire dejar de ser tuyo. No hay palabras que consuelen, ni historia, ni tienes el papel protagonista. No tienen piedad, ni tienes piedad y nadie va a pedir perdón porque… ya sabes… eres la mejor, siempre la mejor. La más guapa, la más dulce, la más interesante, la más lista, la que tiene los ojos más bonitos. Pero no es bastante. Claro, no es por ti, las cosas pasan así de golpe. No es una pose. Es lo que hay. Eso asusta. Tú, siempre tú la que no encaja. Pero todo irá bien, te dicen. Con tranquilidad, pero…</p>
<p>¿Todavía estás aquí?      </p>
<p>Y desapareces. Desapareces con un disfraz de orgullo. A ver. Tú que sabías que tenías que haber desaparecido antes. Que ni siquiera tenías que haber aparecido. Cómo no lo ibas a hacer. Todas las esperanzas puestas. Tú, joven, con un mundo lleno de ideas para cambiar. Tú, tirada, tú que puedes asumir riesgos. Pues no, la jodiste, mira, tienes que desaparecer porque… porque no te quieren. N o  t e  q u i e r e n. Y sientes que el mundo está a punto de olvidarse de ti. </p>
<p>Y se olvida.</p>
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		<title>Amor tóxico</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Sep 2009 17:38:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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Será lento y perezoso al principio, pero la velocidad irá aumentando y comenzaré a sentirme mareada. Ya conozco cómo va esto. Meto la cabeza entre las piernas e intento no pensar que está empezando a ocurrir de nuevo, en el peor momento, justo cuando no puedo salir de esta sala llena de gente, de ruido, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><img class="size-full wp-image-4 alignnone" title=" AMORTOXICO " src=" http://www.sietedioptrias.es/wordpress/wp-content/uploads/2009/07/AMORTOXICO.jpg " alt="AMORTOXICO" width="500" height="707" /></p>
<p>Será lento y perezoso al principio, pero la velocidad irá aumentando y comenzaré a sentirme mareada. Ya conozco cómo va esto. Meto la cabeza entre las piernas e intento no pensar que está empezando a ocurrir de nuevo, en el peor momento, justo cuando no puedo salir de esta sala llena de gente, de ruido, de voces grotescas que me hablan en un idioma que no llego a entender. Intento pensar friamente. De antemano sé que tardaré un tiempo en volver a sentir que las cosas están en su sitio, así que busco algo con que entretenerme mientras controlo mi respiración. Se pasará, tranquila, respira. Intenta calmarte. Exhala e inhala, exhala e inhala, exhala e inhala. No quiero perder el ritmo. Comienza la sudoración, el pulso frenético. A mi alrededor todo se está ensombreciendo. Escondo, para que no vean los demás, mis manos que tiemblan sin que yo pueda hacer nada por detenerlas. Quiero relajarme, sé que algo vendrá para salvarme, algo tiene que pasar para que todo lo que hay a mi alrededor deje de moverse de esta forma siniestra.</p>
<p>	No es la primera vez que ocurre, por eso sé que tengo que mantener la cabeza fría, no dejaré que me arrastre. No tengo que perder el tiempo en pensar por qué, sé la respuesta. La supe desde el principio. Aquel coqueteo&#8230; Primero los sábados, a escondidas, ¿Recuerdas? Luego la situación empezó a descontrolarse, los lunes no funcionaba en el trabajo si no podía estar contigo y terminé por no poder pasar ni un sólo día lejos de ti. Tenía que terminar de esta forma. Estaba cantado que el final sería triste y tendría que pagar por ello.</p>
<p>	Cuando estábamos juntos sabía que estaba mal, claro, ni uno sólo de los minutos que pasamos juntos fue inocente y yo sentía la culpabilidad hecha una bola dentro de mi estómago cada vez que te tocaba con mis dedos nerviosos, siempre impacientes por tenerte cerca. También me lo advirtió mamá, constantemente. Mis amigos no te querían cerca, pero nada podía convencerme de que dejarte era un buena idea. No sé qué demonios pensaba. Bueno, claro que lo sé, por aquel entonces no me importaba, me creía fuerte y joven para irme en cuanto quisiese, sin pedirte permiso. Insensata, ahora tengo que pagar por ello. Los excesos siempre se terminan pagando de alguna forma ¿Lo ves? Los mios hacen que ahora arrastre una maleta llena de ansiedad y guarde en el bolso algo de arrepentimiento, hacen que no pueda mirarme al espejo sin sentirme insegura. Sigues haciéndome llorar. A veces odio tener la certeza de que haga lo que haga no voy a poder sustituirte, que busque lo que busque para llenar el espacio que has dejado nada me satisface como tú. Es horrible tener que aceptar que ya nada será igual nunca. No quiero ser una paralítica emocional, me resisto a pensarme así.</p>
<p>	Dejé que te hicieras indispensable. Comparti demasiados años a tu lado, demasiadas confesiones. Eras tú y mi furia. Tú y mi miedo. Tú y mis tardes de risa. Tú y mi primer novio. Tú y las noches en las que no podía dormir. Tú y el primer día en la univerdad. Tú, tú, tú, tú, tú, tú, tú&#8230; tú en lo bueno, pero sobre todo en lo malo. Dios, creo que por eso te echo tanto de menos, amor. Aunque nunca haya sido verdad siempre he querido creer que tú me hacías más yo. No puedo volver atrás. Ya no. No insistas. No podría volver a separarme de ti y sabes a donde me llevaría eso. Hay demasiadas posibilidades de que todo terminara en un final doloroso. No puedo arriesgarme. </p>
<p>- ¿No tienes nada que decirme? ¿Guardas silencio? Te consumes como si nada de esto tuviese que ver contigo. Y tú, querido, eres la mitad ejecutora de este amor tóxico. </p>
<p>	Sé que no lo entiendes, pero la última vez que estuve contigo supe que ya no habría más. No sé explicarte por qué, ni siquiera yo me lo creía. Los dos sabemos que no tengo voluntad, que ya lo había intentado otras muchas veces, pero cuando tus otros 19 hermanos se fueron y te quedaste esperándome, supe que esto había terminado. Ahora siento no haber disfrutado más de ti, no haberme encerrado contigo en una habitación sin ventanas para que al menos mi ropa quedase empapada en tu olor. Nunca pensé que costaría tanto, debí respirarte mejor. Malgasté los últimos minutos que me diste, sólo con tres caladas te estrellé contra el cenicero y ahora&#8230; joder&#8230; ahora ya no dejaré que vuelvas más. No tengo ganas de seguir igual.</p>
<p>Poco a poco la sangre deja de palpitar en mis sienes. Los escalofríos van desapareciendo, en apenas unos minutos nada de esto habrá pasado. Todo volverá a una aparente tranquilidad. He vuelto a conseguirlo. </p>
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		<title>En el hospital</title>
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		<pubDate>Sat, 08 Aug 2009 20:46:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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¿Quieres que te moje la boca con un poco de agua? Se queda dormida al instante. Acerco la butaca a su lado. Intento inclinarla un poco, pero no sé hacerlo. Provoca un ruido horrible y dejo de intentarlo. Me levanto cada cinco segundos para ponerle bien el cable. ¿Está bien el gotero? Escucho el ruido [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.sietedioptrias.es/wordpress/wp-content/uploads/2009/08/ENELHOSPITAL-copy.jpg"><img class="size-full wp-image-127  alignnone" title="ENELHOSPITAL copy" src="http://www.sietedioptrias.es/wordpress/wp-content/uploads/2009/08/ENELHOSPITAL-copy.jpg" alt="ENELHOSPITAL copy" width="500" height="707" /></a></p>
<p style="text-align: left;">¿Quieres que te moje la boca con un poco de agua? Se queda dormida al instante. Acerco la butaca a su lado. Intento inclinarla un poco, pero no sé hacerlo. Provoca un ruido horrible y dejo de intentarlo. Me levanto cada cinco segundos para ponerle bien el cable. ¿Está bien el gotero? Escucho el ruido que hacen las gotas al caer. Todo va bien. Se gasta el suero y voy hasta la mesa de las enfermeras. Se ha terminado, tienen que cambiarlo. Me miran mal. Ponme la cara que quieras, pero cambia el gotero ese. Empiezo a tener sueño. Leo, pero no puedo dejar de pensar. No te quedes dormida, no te quedes dormida. No te quedes dormida. No te quedes dormida. Dormida. Dormida. Dormida… Susto ¿Está dormida?</p>
<p style="text-align: left;">No escucho su respiración. Me acerco a su boca. Sí, respira. Un bebé empieza a llorar y el resto le siguen. Los bebés me despiertan de un interminable duermevela. Otra vez cambio de gotero. Compruebo que todo va bien y me voy a fumar un pitillo. Fuera sólo hay niebla. Nunca había visto una niebla tan espesa. Comienzo a tiritar. No hay nadie por la calle, no pasa ningún coche.</p>
<p style="text-align: left;">Son la 3.18 de la madrugada. No veo más allá de mi nariz. Ando entre la niebla con la sola luz del cigarrillo y pienso en Unamuno, que buscaba a Dios entre la niebla. A lo mejor está aquí y yo tampoco le veo. ¿Estás ahí, Dios? Me meto entre la niebla y me siento en el suelo. Está frío. Tengo frío.</p>
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		<title>Siete dioptrías</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Jul 2009 19:32:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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<p>Busco en el diccionario la palabra espuria. Sabes que mis intenciones son espurias. Paso torpemente las páginas -que desprenden ese olor a catecismo de seminario- para imaginarme un significado al azar, pero esta imaginación enferma que devora mi sentido común hace que piense en mi mano cubierta de sangre, cortada por una página llena de palabras. Dos acepciones truncan mi significado ideal: bastardo (‖ que degenera de su origen o naturaleza). Falso (‖ engañoso). A lo mejor hubiese sido preferible no saber el significado, a veces es mucho mejor inventarse uno que aceptar la realidad. A lo mejor hubiese sido más correcto desangrarse sobre el diccionario.</p>
<p>Hay que tener cuidado con las palabras, las palabras espinosas suelen ir cargadas de polen. Algo así podría acarrear la muerte a una alérgica crónica como yo. Hace tiempo que las palabras han dejado de tener un valor concreto para mi. De hecho, hace tiempo que no logro recordar en qué preciso momento las palabras dejaron de ser reales. Ahora todo se desvanece sin un significado exacto. Puede que sea porque cada vez cargo más primaveras en el bolso o porque mi cubata está cada vez más cargado. El tiempo, el muy malnacido, hace que las certezas desaparezcan. Es parte de esa realidad esquiva de la que te he hablado. Ella no tiene corazón, no me deja catalogar el mundo en negro ni en blanco. Se desnuda, como si fuese una prostituta en el barrio rojo, en un abanico infinito de tonalidades grisáceas. Casi blanco, podría ser negro total.</p>
<p>Me tumbo y recuerdo la rabia que te daba que te dijese que eras negra. “¡No soy negra, soy blanca! ¿De dónde has sacado semejante cosa? Te ríes de la situación, pero eso es porque no has sentido el racismo en tu piel”. Puede que tengas razón, que necesite graduarme la vista. A falta de que vaya al médico seguiré poniéndome mis gafas verdes, esas que hacen que todo sea del color que yo he elegido. Puede que un día acuda finalmente al oculista porque me gustaría verlo también a través de tus ojos de pez. Ahora no puedo. Me tengo que conformar con verlo a través de los mios, azules también, algo más oscuros y perdidos.</p>
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		<title>Geografía de un adiós</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Jul 2009 18:21:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[COMÚN Y MORTAL]]></category>
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Por qué nunca hablo de ello. Es cierto, no hablo de ello. A lo sumo discuto conmigo misma y me lanzo en voz bajita algún improperio. Tienen mala fama los adioses, como los domigos, puesto que de alguna manera es el anticipo de borrar algo que ya ha pasado y todos andamos siempre a la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-full wp-image-4 alignnone" title="GEOGRAFIAADIOS copy" src="http://www.sietedioptrias.es/wordpress/wp-content/uploads/2009/07/GEOGRAFIAADIOS-copy.jpg" alt="GEOGRAFIAADIOS copy" width="500" height="707" /></p>
<p style="text-align: left;">Por qué nunca hablo de ello. Es cierto, no hablo de ello. A lo sumo discuto conmigo misma y me lanzo en voz bajita algún improperio. Tienen mala fama los adioses, como los domigos, puesto que de alguna manera es el anticipo de borrar algo que ya ha pasado y todos andamos siempre a la zaga del tiempo perdido, diría Proust. Para lo optimistas los adioses tienen algo magnífico, sólo después de un adiós hay algo nuevo, suelen decir. Y además apostillan: <em>Adiós, yo no tuve la culpa y no es mi problema y ahora me voy a pasear por mi camino de baldosas amarillas</em>. Los adioses encubiertos o los hasta la vista, por el contrario, suelen ser algo perjudiciales. A uno se le queda un sabor amargo cuando los pronuncia.<em> ¿Hasta la vista? ¿Y si no me ves y no regreso nunca?</em></p>
<p style="text-align: left;">No hay peor combinación que los hasta la vista aderezados con algo de incertidumbre. Sorprendido o no, uno sabe que un hasta la vista equivale a irse de vacaciones al triángulo de las Bermudas, de ahí nadie regresa. Podría decirse -aunque sabios y doctores no se hayan molestado en comprobarlo científicamente- que uno se queda afónico si pronuncia excesivamente un hasta mañana. Si la suma se eleva a dos, podríamos quedarnos mudos. Y pasó un ángel y otro, y luego se chocaron y se hizo el silencio.</p>
<p style="text-align: left;">Mi primer adiós nació algo huérfano en una tarde de verano. Los espectadores se habían marchado ya y no me quedó otro remedio que decir adiós a un par de desconocidos que decían adiós como podían pedir un café. Con leche fria, por favor. Uno no puede quedarse con un adiós atragantado. Desde ese día algunos me concedieron sutilmente el sobrenombre de la loca del adiós. Sin duda alguna, ese adiós huérfano me dio posteriormente muchos dolores de cabeza. Saber decir adiós es como andar en bicicleta, es mejor que no te precipites y que no te quiten los ruedines o terminarás diciendo adioses confusos, adiositos a lo mucho. Le continúa un adiós nauseabundo. <em>No sé si decir adiós o vomitar</em>. Adioses infinitos que parecen no tener fin. Decidía el día del adiós, pero luego no salía. El adiós enredado. A la cuarta intentona me lié la manta a la cabeza y pasé una carta por debajo de la puerta: Ya está bien, ¿eh? Adiós. Le siguió un adiós deseado. Un adiós que nació al tiempo del hola. Me consolaba soñando en aquel momento, me imaginaba pronunciando con perfecta dicción un adiós rotundo, sin despecho, un adiós seco, como acariciar la espalda de alguien con una chapa. Ensayé mucho ese adiós mientras aquel tipo seguía lamiendo los vasos de los yogures. Aburridas tardes de adioses.</p>
<p style="text-align: left;">Vino después el adiós somnoliento. Apenas logro recordar nada de aquellos días, quizá una punzadita a la altura del estómago, aunque podría ser una incipiente úlcera y no hubo, en realidad, adiós de madrugada. Ese adiós coincidió con el adiós de Salvador Puig Antich. Fue, en definitiva, un adiós congestionado. Le siguió el adiós dramático, de esos que uno no quisiera tener que decir. Esos adioses te ayudan a madurar, o maduras o te pudres. Adiós, adiós, adiós. Una lástima de adiós, un adiós lleno de lágrimas, un adiós que no se olvida porque hace daño. Un adiós que siempre sonó como un <em>si tienes que irte, vete, pero no tardes en regresar</em>. Un adiós, al fin y a la postre, como Dios manda.</p>
<p style="text-align: left;">Tocó después el adiós por principios. Adiós sibilino. Curioso adiós que en el fondo es un<em> hola, sigo vivo</em>. Pueden ser peligrosos estos adioses porque con el tiempo uno pierde de vista sus ideales, los vende, los cambia por algo más útil. Llámalo una hipoteca y dos hijos tarados. Entonces puede darse el caso de que el adiós por principios se convierta en el adiós suicida. <em>Adiós, mundo cruel</em>. A veces, las pocas, llega por la vereda de atrás el adiós de <em>tenía la razón, jódete</em>. No es muy práctico pero da mucho gusto. Es un adiós confuso, quizá perteneciente al adiós suicida, nunca al adiós dramático, que con el tiempo se desnuda para enseñarte que tenías que haber sido más rápido en decir adiós. <em>Adiós a toda leche, adiós sin respirar, adiós que me da mucho asco.<br />
</em><br />
A veces hago un repaso por mi geografía de adioses. Va cambiando con el tiempo. Suelen padecer de alopecia y no son tan suaves como uno los recuerda. Sucede un poco como los jerseys de angora, durante un tiempo abrigan pero de tantas lavaduras se van haciendo pequeños y al final no sirven ni de trapos, digo, de paños de lágrimas. Alguien dijo que adiós es una palabra fea, pero debía ser alguien cobarde. Hay que ser valiente para decir adiós. La ausencia de valentía hace que a veces se busquen subterfugios al adiós. También conocido como el adiós con la boca pequeña o el no te mato, mejor dejo que explote. Ese adiós encubierto de toda la vida, un clásico hecho canción que Leonard Cohen convirtió en el éxito <em>Hey, that’s no way to say goodbye</em>. Existen todos los adioses que uno pueda imaginarse. Existen tantos adioses como personas en el mundo, contabilizando, incluso, a todos aquellos que dijeron su último adiós. Adioses hermosos, adioses con algo de nostalgia: Siempre nos quedará París. Adioses agudos, la despedida es un dolor tan dulce. Adioses que os gustarían que fuesen un amargo hasta mañana y adioses de espanto. Oh, sí, hay adioses de espanto. Simplemente, adiós.</p>
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